“—¡Hola! ¿Qué parentesco tienes con Juan Oliveira?—le pregunté— a mi nuevo contacto en una red social. —Fue mi hermano —me contestó. —Supe de su muerte y me dolió muchísimo—le dije con las lágrimas asomando a mis ojos—. Tu hermano fue uno de mis mejores amigos en mi adolescencia y el gran amor de una prima que también falleció joven. —Juan la nombraba constantemente —me respondió— desde su partida él también deseaba morir. Así inició nuestra amistad. Ya que él se había quedado a vivir en el barrio donde crecí, quise mantener el vínculo con una época hermosa de mi vida. Hablábamos de conocidos en común, de maestros de la secundaria, de quién se casó con quién y así pasaban las horas. Tardes, noches, madrugadas de pláticas y, de repente, mis focos rojos se encendieron. «Te estás enamorando», me indicaban. «No. Soy inmune a estas cosas, mi madurez no me permitiría enamorarme a distancia», pensaba. —¿Qué sientes por mí? —me preguntó una tarde. —Una atracción textual —le contesté, y no mentí. Amaba su buena ortografía. Esa frase me ayudó a salir del apuro pero ¿qué sentía por mi amigo virtual? Vivíamos a 320 kilómetros de distancia y él proponía visitarme. yo me negaba, pues creía que se rompería la magia. Pasaron cuatro meses desde aquella primera charla y tuve que ir a su ciudad. Le dije que iría pero que no quería verlo y él estuvo de acuerdo. Era julio y acababa de pasar mi cumpleaños. Fui con una prima a un centro comercial con el fin de elegir un pastel. Mujeres al fin, no resistimos la tentación de mirar vidrieras. Entramos a una tienda a preguntar un precio y de pronto ella (mi prima La Celestina) se desapareció. Salí a buscarla y lo vi a él, a mi amor virtual. Al que conocía sus rasgos de memoria de tanto ver sus fotos, al que sabía más de mí en unos meses que otra gente en años. Ahí entendí esos efectos de las películas rosas. El mundo se detuvo. La tierra dejó de girar. La multitud del centro comercial desapareció. Yo sólo lo miraba a él, su mirada profunda, su sonrisa franca. No hubo pastel esa tarde. Nos miramos a los ojos y por fin pudimos tocarnos, nos tomamos de la mano y salimos del bullicio de aquel centro comercial. Nos dirigimos al tan mencionado parque de nuestras conversaciones. Ni el mejor guionista pudo haber escrito mejor la historia de esa tarde: Sábado 11 de julio.”
— Coos (via fruta-y-menta)
